Los últimos dos días de Dakar han sido realmente duros para un Carlos Sainz (63) que, contra viento y marea, ha logrado recortar tiempo a sus principales competidores. Y es que, el madrileño ha tenido que luchar contra el desierto, un embrague casi para desguazar y un motor que enviaba señales de auxilio.
Con todo, ha finalizado la exigente maratón de más de 800 kilómetros con vida y ahora le toca valorar los daños antes de continuar su camino. Pero antes, el experimentado piloto valoró todo lo sucedido en las últimas 48 horas y dejó un mensaje claro: "Nos tocó la lotería, entre el motor y el embrague", dijo.
Los problemas empezaron con un embrague que se vieron obligados a reparar a marchas forzadas en plena noche: "Tras las reparaciones de ayer conseguimos hacerlo funcionar, pero solo lo ha hecho una vez. Teníamos solo ese cartucho, podíamos usarlo una vez y ha sido para arrancar en el tramo. Si te paras en un sitio cuesta arriba o con arena, ahí te quedas. Y en las zonas de trial lo utilizas para parar un poco y poder ver. Hoy en una de esas he tenido que saltar por encima de una roca tremenda", explicó Sainz.
Y fueron todavía a peor hoy mismo con el motor 5.0 V8 del Ford Raptor: "Es algo sobre la bomba de aceite, que en principio no tiene nada que ver con lo de Marruecos (una incidencia con el propulsor)", señaló.
Finalmente, recalcó su satisfacción por no haberse quedado fuera de la carrera: "Para mí hoy es como una victoria después del problema que tuvimos ayer. Haber llegado hoy me hace estar superfeliz. No me importa el tiempo", indicó.
"Poder acabar la etapa son muy buenas noticias. A mitad de la etapa, cuando se encendió la alarma, pensé que nos íbamos para casa. Estoy ya de propina", sentenció.
