Un partido no dura sólo los más de 90 minutos en los que el balón rueda sobre el césped. Hay un antes y un después que hacen que un evento futbolístico sea inolvidable. Especialmente cuando se va más allá del deporte.
Inglaterra y Argentina lo vivieron en carne propia el 22 de junio de 1986, cuando Diego Armando Maradona se convirtió en leyenda al marcar en apenas cinco minutos el gol más polémico y el más bello de la historia de los Mundiales.
Cuatro décadas después de aquel día, repasar lo que ocurrió en ese mediodía de altas temperaturas y enormes expectativas va mucho más allá de lo técnico. Porque en el campo estaban la selección del futuro máximo goleador Gary Lineker y el mejor jugador de todos los tiempos, que ese día acabaron en la lista de goleadores. Sin embargo, lo que sucedió estuvo claramente condicionado por circunstancias que hoy parecen de otra época. Porque sólo algunos teleobjetivos captaron "La Mano de Dios", que abrió el marcador poco después del inicio de la segunda parte. Esas imágenes saldrían a la luz más tarde.

La carga emocional era enorme, ya que cuatro años antes el país sudamericano se había conmovido por los Pibes de las Malvinas, jóvenes de 20 años o poco más enviados a morir por la dictadura militar de entonces. El objetivo, o mejor dicho la misión imposible, era recuperar las islas que los británicos conocen como Falkland, para ganar apoyo popular y sostener un régimen en decadencia. Fue un suicidio total cuyas consecuencias históricas Maradona supo aprovechar para infundir en sus compañeros el odio necesario para salir al campo y vengar, en lo deportivo, una auténtica masacre.
Culpa del juez de línea...
En una época sin VAR ni tecnología en la línea de gol, el 10 argentino usó el arte del engaño tan propio de Sudamérica, anticipándose a Peter Shilton con el puño, y celebrando el gol para convencer a todos de la legalidad de su acción, incluidos sus propios compañeros. El árbitro principal también fue engañado. Nombrado por la FIFA para dirigir el partido, ya que no podía ser ni europeo ni sudamericano, el tunecino Alí Bennacer fue elegido también por su capacidad para soportar grandes esfuerzos físicos.
Desde su Túnez natal, donde logré encontrarlo, recuerda: "Yo había sido atleta de fondo y también maratonista, así que estaba más que preparado para el esfuerzo. Además, ya había arbitrado la final de la Copa África entre Camerún y Egipto en 1984, así que tenía el currículum para la ocasión". La rabia de los ingleses, más que justificada, se debió a la supuesta negligencia de quienes debían controlar la legalidad del juego.
... y de un inglés
Bennacer, sin embargo, se justifica así: "No vi el primer gol, me confundió la mano de Shilton que tapó la de Diego, pero el juez de línea búlgaro Dotchev tenía un ángulo de visión mejor que el mío y me dijo que era una jugada legal, así que apliqué al pie de la letra el reglamento que la FIFA nos había dado antes del Mundial".
El árbitro norteafricano recuerda además que quien impartió el curso de conducta para el torneo fue precisamente un inglés: "Creo que se llamaba Walton". Al final del partido, tras el triunfo argentino, los jugadores ingleses fueron a felicitarlo por su arbitraje, mientras que no tuvieron piedad con el juez de línea búlgaro, que para muchos "debía ser decapitado", recuerda Bennacer usando la palabra francesa degorgé.

Silbato en la boca
Lo mejor, sin embargo, estaba por llegar. Porque un aura mística se había posado sobre el Azteca, donde la sombra de los altavoces parecía haber trasladado el sol mismo al terreno de juego. Y fue alrededor de ese astro donde Maradona creó el tango más memorable, en carrera, de los Mundiales, culminando su recorrido romántico y arrollador enviando el balón a la portería vacía tras dejar atrás a seis rivales. "Me quedé asombrado por lo que estaba viendo, intenté seguir el ritmo pero me quedé hipnotizado", afirma Bennacer.
El árbitro admite además que se quedó sin aliento también ya que "tenía el silbato en la boca porque esperaba que lo derribaran de alguna manera, pero no lo consiguieron". El impacto de la jugada sacudió a todo el estadio, deteniendo incluso una de las muchas peleas entre ultras de ambas aficiones en las gradas.
Cinco minutos
La historia se había escrito dos veces, convirtiéndose en mito. El sol brillaba con fuerza sobre Ciudad de México para bendecir lo ocurrido. Y los minutos finales, tras el 2-1 de Lineker, vieron a los argentinos sufrir para llevarse la batalla más esperada. La memoria de Bennacer, que volvería a encontrarse con Maradona casi 30 años después, le ayuda a recuperar una sensación única: "Me habría gustado que Inglaterra empatara y se fueran a la prórroga, porque no quería que ese espectáculo terminara".
La eternidad de esos cinco minutos probablemente quedará como algo único en la historia de los Mundiales. El gol de Lineker y la "Nuca de Dios" —es decir, el remate con la parte trasera de la cabeza de Julio Olarticoechea que evitó el empate inglés en el final— habrían quedado como hechos secundarios. En apenas unos minutos se concentró toda la esencia de Maradona, pícaro y genial. Y que años después, en Túnez para un evento publicitario, volvería a encontrarse con Bennacer para regalarle una camiseta de Argentina en la que escribió: "Para Alí, mi amigo eterno". Mejor tarde que nunca.

Mundial 2026
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