Es imposible pedirle a toda Argentina que no lamente la retirada internacional de Messi. Aunque era algo esperado tras la derrota en la final del Mundial ante España y el fallecimiento de su padre, Jorge, el impacto fue enorme cuando cayó el martillo de la confirmación oficial en el país sudamericano.
El temor a lo que viene es enorme, igual que las expectativas que él había generado durante los años en los que vistió la camiseta de Argentina. 21 años, para ser exactos. 21 años con 125 goles en 207 partidos, cifras que parecen de otro planeta.
Sobre todo porque, en un país que se extiende más de 5.000 km y cuyo clima va del trópico al Antártico, la nostalgia por el pasado —y por el presente que acaba de escaparse— es tan fuerte como una tormenta eléctrica en la costa del Río de la Plata. Se fue siendo un adolescente, pero siempre estuvo conectado a su tierra natal por un lazo de 13.000 km; Messi fue el símbolo de la Argentina moderna.

Ha sido el único capaz de desafiar la supremacía técnica de Diego Armando Maradona, cuya sombra pesó sobre él durante tanto tiempo. No por casualidad, su racha ganadora con la selección comenzó tras la muerte del Pibe de Oro, quien, desde arriba, pareció bendecirle en las dos conquistas de la Copa América y el triunfo en el Mundial de Catar.
En ese último torneo, la imagen icónica de la victoria siempre será la parada de Emiliano Martinez a Randal Kolo Muani en el último minuto. Pero está claro que, sin el número 10, el equipo de Scaloni nunca habría llegado tan lejos.
Comienza un periodo de incertidumbre
Ahora, para Argentina comienza una etapa de incertidumbre. Como señala el periodista Andrés Burgo, la Selección solo ha jugado los Mundiales de la 1998 y la 2002 sin Maradona ni Messi, abarcando casi 45 años (10 de los últimos 12 Mundiales) y dependiendo de un futbolista que estaba claramente en un nivel inalcanzable para cualquier otro.
Ahora, las nubes sobre el futuro no son solo una amenaza, sino una realidad concreta. Porque la singularidad de Maradona ya era imposible de igualar en cuanto a carisma y liderazgo.
Messi, sin embargo, compensó su falta de carácter con una regularidad increíble, centrado en expresar su fútbol con libertad y sin que se le pidiera imitar a su ilustre predecesor en lo discursivo. Si en sus primeros años tuvo que convencer a todo un país de su compromiso con la camiseta albiceleste, poco a poco fue acogido y cuidado como un hijo pródigo.
Tras su debut mundialista en la 2006, vivió el torneo de la 2010 con Maradona como seleccionador como un punto de inflexión. Sus actuaciones discretas en Sudáfrica le obligaron a dar un paso más.
Y las tres finales perdidas —el Mundial de la 2014 y las Copas América de la 2015 y la 2016— primero le dejaron un sabor amargo (su retirada temporal de la selección con 29 años fue casi un arrebato juvenil), y después le hicieron entender que debía liderar con su fútbol y no con cualidades humanas que no tenía.
El desastroso Mundial de Rusia, sin embargo, permitió a Argentina hacer borrón y cuenta nueva, con su tocayo Lionel Scaloni tomando el mando. Humilde e inteligente, el exjugador de Deportivo de La Coruña y Lazio construyó un auténtico ejército alrededor de Messi. Todos sus compañeros habrían atravesado el fuego por él, y los triunfos ininterrumpidos de la 2021 a la 2024 terminaron de forjar la leyenda tan esperada.
¿Sin herederos al trono?
El evento global en Norteamérica extendió y a la vez diluyó la leyenda. Porque, a pesar de sus números increíbles —ocho goles y cuatro asistencias—, la despedida final parecía inevitable. Con 39 años, nadie podía esperar milagros en lo físico, pero su superioridad técnica seguía marcando la diferencia.
Las dos asistencias en la semifinal ante Inglaterra marcaron su adiós, porque frente a España, Messi fue absorbido por un vendaval. Y esos pocos destellos no bastaron para encender ni una chispa.

Su palmarés es el de un campeón que probablemente no veremos jugar a ese nivel durante años, aunque en las últimas temporadas su paso por el PSG y su llegada a Estados Unidos le permitieron dosificar energías y centrarse en la selección, donde tenía cuentas pendientes.
La realidad, sin embargo, es que tras él, Argentina buscará otro número 10 que asuma la responsabilidad y la presión. Y, por ahora, no hay talentos de otro mundo a la vista.
Nico Paz tiene 22 años y es titular en el Como, mientras que Franco Mastantuono ha decepcionado hasta ahora y busca redimirse en la Fiorentina. Claudio Echeverri fue noticia hace dos años, pero la temporada pasada descendió a segunda división con el Girona en España.
No hay que apresurarse ni ser poco realistas, porque no habrá otro Messi, igual que no ha habido otro Maradona que se rebelara contra todo y todos, convirtiéndose en el más grande sin jugar en un club poderoso.
Pero talento no falta en Argentina. Porque allí los chicos siguen jugando al fútbol en la calle. A pesar de una crisis económica que está diezmando a la clase media y aplastando a los más desfavorecidos.
Mientras la ilusión no se apague por culpa del negocio, desde La Quiaca hasta Ushuaia, de los Andes al Atlántico, es legítimo seguir soñando.
